No era la primera vez que coincidía con ella en el autobús. Por la mañana camino del trabajo o al final del día, de vuelta a casa, uno acaba por reconocer a aquellos con los que comparte esos 15-30 minutos diarios en tránsito. Debía rondar los veinte años, pequeña, un tanto enjuta y de piel blanquísima, hubiera pasado por la típica estudiante sino fuera por un rostro extrañamente serio, maduro, consciente que abrigaba una mirada decidida y puede que un tanto altiva.
Esta vez nos cruzamos en la portezuela de entrada, ella pasó primero, recorrimos el autobús buscando un asiento –ese ritual– y, en vista de sus posibilidades, eligió uno de la última fila; en vista de las mías, yo elegí el contiguo. Al sentarme, me llamó la atención un pañuelo de papel que cubría un par de dedos de su mano derecha. Atravesamos las calles descoloridas como dos buenos viajeros urbanos, perfectamente distantes a pesar del roce de nuestros gruesos abrigos de invierno en cada curva, cada cual volcado en su ventana observando la ciudad en retirada, hasta que, en una mirada distraída hacia el interior del autobús, observé como apartaba el pañuelo y una fea herida aparecía en su dedo índice: el corte atravesaba la corona del dedo transversalmente y se hundía en el nacimiento de la uña. El rojo grumoso de la herida hizo que me fijara, por primera vez, en sus manos, y algo en ellas llamó mi atención. Parecían hinchadas, ligeramente enrojecidas –debido al frío intenso de la noche, pensé entonces– aunque por un momento me parecieron azules, como si la sangre se hubiera detenido en las venas que las atravesaban como lombrices palpitantes bajo la piel.
Las manos tienen siempre algo de promesa, de puente, de deseo, son partes móviles que se proyectan hacia los demás y nos ponen en contacto con el mundo (cuando queremos acercarnos a un perro lo primero que hacemos es ofrecerle una mano, la misma con la que nos gustaría acariciarlo, para que la olisquee como si dijéramos: “toma, este es un anticipo de mí, así soy yo…”). Dicen que el rostro es el espejo del alma, pero las manos son su avanzadilla.
Siempre he encontrado hermosas las de aquellos que realizan trabajos manuales, artesanos, labradores, mecánicos… son manos marcadas, curtidas, poderosas de gruesos dedos y uñas oscuras que transmiten un mensaje inequívoco de sus dueños. Pero la mano herida de la muchacha, hinchada e enrojecida, se apareció ante mi como algo impropio, quizá debido a su juventud, a su rostro infantil de mirada adulta… Pero la cuestión es que, sin saber muy bien por qué, comencé a sentir una cierta desazón ante mis manos suaves y finas de trabajador de oficina: algo perverso se oculta tras esta sociedad pulida que nos priva de hundir nuestras manos en el légamo de la tierra, de sentir el tacto frío y áspero de la piedra.