(a la espera)

martes, julio 04, 2006


y allí sigue la muchacha sentada a pocos metros de él enfundada en su cuerpo y su cuerpo en un uniforme escolar al que unos calcetines rojos a rayas y unos grandes pendientes amarillos de aro dan el necesario toque personal un tanto kitsch sólo una colegiala orgullosa podría llevarlos con elegancia contemplarla claro que es hermosa pero como lo es la música el autobús avanza todavía la parada no llega el agotamiento y el dolor se enredan definitivamente en sus nervios y la consciencia del espacio ocupado por su cuerpo desgajado se refleja en el cuerpo joven tenso (a la espera)

El globo

lunes, julio 25, 2005

La corriente sacudió los oscuros filamentos y estos vibraron convulsivamente durante una millonésima de segundo, aturdidos, como las cuerdas de una guitarra rasgueadas por una mano invisible. Nada parecía haber cambiado. Los soldados se mantenían en formación ante el Globo, su dios, con su extremo superior ligeramente curvado en altivo gesto. Pero entonces la membrana a la que estaban unidos desde tiempos inmemoriales comenzó a moverse bruscamente, precipitándose hacia la nada y, horrorizados, se dieron cuenta de que la deidad comenzaba a desaparecer bajo aquel abrazo inesperado y brutal del que ellos parecían formar parte como impotentes marionetas. Recordaron entonces la historia que contaban los antiguos que habían servido al Globo antes que ellos, aquella vieja e increíble leyenda que nunca habían terminado de creer pero que parecía estar sucediendo. Cuando el movimiento terminó, tan de repente como se había iniciado, los filamentos habían perdido su marcial compás y se agitaban desconcertados ante un mundo sin dios que no podían comprender. ¿Qué habría sido del Globo? Y… ¿qué sería de ellos sin el Globo? Pero cuando apenas el horror del libre albedrío había comenzado a apoderarse de su fino cuerpo, la membrana se movió de nuevo y la húmeda superficie del Globo comenzó a surgir bajo sus pies, pulida y brillante como nunca, y asistieron a la milagrosa resurrección de su dios, culminada cuando la purificada pupila emergió bajo la membrana como un nuevo amanecer. Una silenciosa explosión de júbilo recorrió entonces sus filas y su fragor ocultó para siempre sus dudas y temores. Habían sobrevido al Parpadeo.

Camino viceversa

jueves, julio 14, 2005

«Si me encuentro con una entrevista con Paul Auster, la leo inmediatamente. Es un autor que siempre me aporta ideas. Pero eso sí, nunca puedo terminar esas entrevistas que le hacen, porque me entran tales ganas de ponerme a escribir que debo dejar la lectura». Así comienza Enrique Vila-Matas su artículo De lo contrario, Auster sería yo; lo que desconozco es como termina, pues he tenido que dejar su lectura para ponerme a escribir; qué poco original, lo sé. Me ocurre a menudo, el impulso de escribir muchas veces surge de los otros: «es sorprendente que no podamos comenzar a comprender nuestra relación con los demás hasta que estamos solos. Y cuanto más solo está uno, cuanto más se hunde en la soledad, más profundamente siente esa relación», dice Auster, y lo cita Vila-Matas. El camino de la cita eterna: y el vicio de caminarlo, el ansia del co(r)tejo, el bastón intelectual en que apoyar nuestros pasos, como dijo Balzac: «El talento de un hombre se adivina por la manera de llevar el bastón». Yo me detengo sin resuello en Vila-Matas, él descansa otras veces en Auster, que a su vez duerme con «Cervantes, Dickens, Kafka, Beckett y Montaigne» y cada uno blande el bastón a su manera. El viaje no tiene fin, sobre todo porque –al contrario de los que, en nuestro día a día, nos llevan al trabajo, al campo o al encuentro de un(a) amante– el camino de la cita mientras avanza, retrocede. Y viceversa. El camino viceversa, no es un mal nombre. Supongo que aquí en soledad, frente al teclado, ese camino me relaciona con los otros de Auster, y menos mal que Vila-Matas viene al rescate en otro de sus artículos cuando dice, en referencia a Don Delillo, “que el arte de asociar ideas y sensaciones es un arte muy alto». Es posible, pero como no soy Vila-matas, que a su vez tampoco es Auster, me pregunto: ¿he escrito yo una sola de las palabras que acabo de teclear?

Cotidiana (2)

viernes, junio 17, 2005

Recuerdo Cotidiana cuando era un solar vacío que mostraba su fértil panza abierta en canal. Recuerdo Cotidiana cuando, antes que Fuga, fue Preludio. Recuerdo también cuando Melancolía era aún un futuro dormido y Cotidiana un insomne presente.

Cotidiana (1)

lunes, abril 25, 2005

Lejos, vuelvo a abrir un libro, como si para hacerlo hubiera necesitado huir de Cotidiana. Se trata de El último encuentro de Sándor Márai, el escritor húngaro, exiliado y suicidado y en su página diecinueve, leo: “El tiempo lo conserva todo, pero todo se vuelve descolorido, como en las fotografías antiguas, fijadas en placas metálicas. La luz y el paso del tiempo desgastan los detalles precisos que caracterizan los rostros fotografiados. […] De la misma manera se desvanecen en el tiempo los recuerdos humanos”.

Y como estas palabras me recordaron algo, levanté la vista y alcancé el reproductor de sonoridades ilegales y encontré la canción, Imagine The Swan de The Zombies, que había escuchado apenas unos minutos antes y cuya letra decía: ”Well I have a picture in color of you / And it's there in my room to remind me of you / So it was with surprise that I saw you today / And I did not recognize you, girl, what more can I say? / For the colors are gone / You've become kind of gray / And you're not like the swan / That I knew yesterday” *.

Escucho de nuevo esta estupenda canción de los ignorados The Zombies —que comparte y combate en melancolía con California Dreaming de los recordados The Beach Boys— y pienso que, de una manera oculta y hermosa, todo está extrañamente interconectado. Retomo el Márai y cuál no será mi sorpresa cuando, quince páginas después, leo: “Estuvieron largo rato sentados así al pie de la higuera. Escuchaban el mar [de Bretaña]: su rumor les era conocido. Murmuraba como murmuran los bosques en su patria [Hungría]. El niño y la nodriza pensaron que todo está conectado en el mundo”.


* Algún amable y desinteresado internauta ha puesto esta canción para descarga en YouSendIt, un servicio con número de descargas limitado.

El filósofo en su laberinto

miércoles, marzo 16, 2005

Savater acude a la tele, y mi electrodoméstico se hincha, satisfecho, como un microondas que tuviera la oportunidad de recalentar un plato de Ferrán Adriá. Llega a la “La mirada crítica”, el magazine matutino del excelente comunicador Vicente Vallés, con un libro debajo del brazo: El gran laberinto, un libro de ficción, de aventuras, de fantasía. Savater acompaña sus habituales (y un tanto kitsch) gafas de pasta con una sorprendente camisa de color pardo con dragones negros estampados aquí y allá, que aparecen y desaparecen entre las dos aguas de su americana. Savater ríe, distendido y jovial como un niño con dragones nuevos, mientras comenta la felicidad de haber podido refugiarse durante ocho meses en la escritura de un libro así, destinado al público juvenil pero sin abandonar su faceta de educador, como a él le gusta definirse.

Tras unos minutos, Vicente Vallés lleva la entrevista con cierta prevención hacia la política. En ese momento el filósofo rescata su máscara de adulto y los dragones parecen escapar de su camisa para sobrevolar el estudio como nubes negras, pero Savater se permite un último coletazo de resistencia infantil cuando Vallés le pregunta por el tema vasco que “no sé si le cansa… o le fascina”. “Bueno —responde el filósofo entre la risa y la amargura— cosas fascinantes en el País Vasco ocurren pocas, y últimamente poquísimas”. Lo dice una persona que se ve obligada a llevar escolta. En la oscuridad, no todos los dragones son pardos.

Avanzadilla

viernes, marzo 11, 2005

No era la primera vez que coincidía con ella en el autobús. Por la mañana camino del trabajo o al final del día, de vuelta a casa, uno acaba por reconocer a aquellos con los que comparte esos 15-30 minutos diarios en tránsito. Debía rondar los veinte años, pequeña, un tanto enjuta y de piel blanquísima, hubiera pasado por la típica estudiante sino fuera por un rostro extrañamente serio, maduro, consciente que abrigaba una mirada decidida y puede que un tanto altiva.

Esta vez nos cruzamos en la portezuela de entrada, ella pasó primero, recorrimos el autobús buscando un asiento –ese ritual– y, en vista de sus posibilidades, eligió uno de la última fila; en vista de las mías, yo elegí el contiguo. Al sentarme, me llamó la atención un pañuelo de papel que cubría un par de dedos de su mano derecha. Atravesamos las calles descoloridas como dos buenos viajeros urbanos, perfectamente distantes a pesar del roce de nuestros gruesos abrigos de invierno en cada curva, cada cual volcado en su ventana observando la ciudad en retirada, hasta que, en una mirada distraída hacia el interior del autobús, observé como apartaba el pañuelo y una fea herida aparecía en su dedo índice: el corte atravesaba la corona del dedo transversalmente y se hundía en el nacimiento de la uña. El rojo grumoso de la herida hizo que me fijara, por primera vez, en sus manos, y algo en ellas llamó mi atención. Parecían hinchadas, ligeramente enrojecidas –debido al frío intenso de la noche, pensé entonces– aunque por un momento me parecieron azules, como si la sangre se hubiera detenido en las venas que las atravesaban como lombrices palpitantes bajo la piel.

Las manos tienen siempre algo de promesa, de puente, de deseo, son partes móviles que se proyectan hacia los demás y nos ponen en contacto con el mundo (cuando queremos acercarnos a un perro lo primero que hacemos es ofrecerle una mano, la misma con la que nos gustaría acariciarlo, para que la olisquee como si dijéramos: “toma, este es un anticipo de mí, así soy yo…”). Dicen que el rostro es el espejo del alma, pero las manos son su avanzadilla.
Siempre he encontrado hermosas las de aquellos que realizan trabajos manuales, artesanos, labradores, mecánicos… son manos marcadas, curtidas, poderosas de gruesos dedos y uñas oscuras que transmiten un mensaje inequívoco de sus dueños. Pero la mano herida de la muchacha, hinchada e enrojecida, se apareció ante mi como algo impropio, quizá debido a su juventud, a su rostro infantil de mirada adulta… Pero la cuestión es que, sin saber muy bien por qué, comencé a sentir una cierta desazón ante mis manos suaves y finas de trabajador de oficina: algo perverso se oculta tras esta sociedad pulida que nos priva de hundir nuestras manos en el légamo de la tierra, de sentir el tacto frío y áspero de la piedra.

Cuerpo

lunes, marzo 07, 2005

«Eres tu cuerpo y eres tu alma y es arduo o imposible fijar la frontera que los divide»
: palabra de Borges. Arduo sin duda, pero posible; al menos en el instante en que, como un parásito sensorial, el dolor se adueña de nuestra conciencia arrancándonos de nuestro aturdimiento cotidiano, recorriendo nuestro cuerpo olvidado con sus yemas frías y ásperas, ligeramente sudadas, preparándose para desollar una a una las capas que protegen nuestra desnudez más esencial. En palabras de Imre Kertész: «[…] si bien lo que hice aquella noche fue vivir más que escribir, vivía, es decir, dolores diversos me abrían en canal». Y es entonces cuando, con nuestras vísceras expuestas, percibimos (como si fuera la primera vez) la turbia zona fronteriza que separa nuestro cuerpo de lo que, para salir del paso, llamaremos alma. Y en ese momento puede que deseemos huir, huir de nosotros mismos (aunque haya que averiguar primero qué es eso que llamamos nosotros mismos), tratar de dejar atrás la funda de cartón con interior de terciopelo que, para salir del paso, llamaremos cuerpo.

Encerrados en sucesivas cápsulas, dedicamos nuestra vida a la búsqueda del espacio mediante tercos ejercicios de escapismo frustado que pueden resumirse en la melancolía de una mirada perdida en un punto indeterminado del horizonte, cuanto más lejos de nosotros mismos mejor (aunque haya que volver a discutir qué es aquello que hemos dado en llamar nosotros mismos). Porque puede que, en el fondo, todo sea un problema de estrechez, confinados sin solución en un espacio sin puertas ni ventanas, sin reglas, uno de los pocos de los que sólo la muerte puede librarnos, un espacio en el que nos sentimos vulnerables, lo que John berger decidió llamar el «espacio de nuestra vulnerabilidad fundamental»:
«Cada cual vive en su propio espacio corporal, cuyos hitos son el dolor o la incapacidad, una sensación o un malestar desconocidos. […] Es el espacio en el que habita la conciencia de sí mismo del cuerpo que siente. […] El dolor agudiza nuestra conciencia de este espacio. Es el espacio de nuestra "vulnerabilidad fundamental"». John Berger. El tamaño de una bolsa. pp. 115-116

Es un espacio que, por supuesto, no se encuentra contenido en el cuerpo, sino que lo supera, lo excede (y lo contiene), de la misma manera que para Berger los dibujos de Brancusi no son dibujos, sino mapas puesto que «los contornos no moldean las formas, simplemente marcan las fronteras que se pueden atravesar». Para pensar en alguien, para imaginárnoslo, recordarlo o referirnos a él vemos su cuerpo, por mera convención o funcionalidad, pero una persona tiende al infinito como una ecuación a la que un profesor insensato añade incognitas sin freno y que, al llegar al final de la pizarra, parece no poder expandirse más. Pero sólo lo parece, el borde no es más que el contorno del cuerpo, una simple frontera que espera ser atravesada.

Francis Bacon. Three studies for a Crucifixion, 1962. Panel central
Francis Bacon. Three studies for a Crucifixion, 1962. Panel central

Una palabra

lunes, febrero 21, 2005

«Enciende las luces, la alivia del peso de su bolso. Tiene gotas de lluvia en el cabello. La mira embobado, francamente embelesado. Ella baja la mirada a la vez que le ofrece la misma sonrisa evasiva y tal vez algo coqueta que esbozó antes»
. En este fragmento, extraído de Desgracia de J. M. Coetzee, "ella" es una universitaria que ha acompañado a su profesor, treinta años mayor, al domicilio de éste en el campus. Las palabras del narrador afrontan los primeros devaneos y roces de la seducción, la inminencia de la eclosión de lo prohibido, el comprensible arrobamiento del profesor ante esa muchacha oculta bajo gotas de lluvia reciente; la palabra clave de este fragmento es “ofrece”. En ella se contiene todo un personaje que cree que la sonrisa de la muchacha le es entregada como ofrenda, como peaje en su búsqueda de belleza o, por lo menos, de toda la belleza que todavía le es posible encontrar a sus cincuenta y dos años. ¿Qué pensará una lectora de este tipo de situaciones? ¿Una mujer lo hubiera escrito de la misma manera? Puede que se hubiera dado cuenta de que una sonrisa femenina no puede ofrecerse y ser evasiva al tiempo, pero lo importante es que elecciones tan certeras son muestras del talento de un escritor: en esa palabra aparentemente azarosa Coetzee encerró todo lo que posteriormente se revelaría en el desenlace de la situación planteada.

Unas páginas más adelante, él «se inclina y le roza una mejilla. —Eres un verdadero encanto —le dice—. Voy a invitarte a hacer una temeridad. —Vuelve a rozarla—. Quédate. Pasa la noche conmigo” […] —¿Por qué? —Porque debes. —¿Por qué debo? —¿Por qué? Porque la belleza de una mujer no le pertenece sólo a ella. Es parte de la riqueza que trae consigo al mundo, y su deber es compartirla».

La muchacha que antes ofrecía su sonrisa ahora debe ofrecer su belleza al altar del deseo del hombre. «Palabras suaves, lisonjeras, tan antiguas como la seducción misma —nos dice el narrador—. Sin embargo, en ese momento él cree en esas palabras». Se podría creer fácilmente en esas palabras, aun sabiendo que quizá no se debiera…

Otros mundos (2)

viernes, febrero 18, 2005

En un campamento improvisado en alguna frontera aguardan los que han fracasado en el intento de alcanzar el (primer) mundo. Un subsahariano declara, en inglés, ante las cámaras que volverá a intentarlo. Tras varios viajes frustados —los detalles cruentos se los arranca el periodista— aún cree que “no se puede temer a la muerte, se puede temer a la enfermedad pero no a la muerte”.

Otros mundos (1)



Un contrato frustado, un futbolista que declara: "el fútbol tiene estas cosas". Corrección: no es el fútbol, es la vida la que las tiene. Una de las primeras acciones de cualquier totalitarismo es la apropiación de la realidad, la imposición de un mundo propio, falso y excluyente.

Inesperado

viernes, febrero 11, 2005

Hasta en el lugar más inesperado puede surgir, sorteando una dudosa sintaxis, la sugerencia:
Mujer extraña [...] te desvestí [...] en mi lenguaje.

El hueco tras el guión

jueves, febrero 10, 2005

Introducir su nombre en la casilla blanca; pulsar “Voy a tener suerte” (el botón de la felicidad de google) y obtener una página encabezada por el siguiente epígrafe:

Mark Strand (1934- )

Ese hueco tras el guión, escalón despeñado, que convoca e invita a la muerte (casi se puede intuir al biógrafo con el ojo bizco presto al panegírico). Ese hueco es la poesía. Lo dice el Fedón: “los que de verdad filosofan se ejercitan en morir” (sustitúyase filosofía por poesía si para el lector son dos palabras diferentes).

Ese hueco es el mar que sólo celebra cuando uno se va:

“Ni la presencia de las piedras
ni los aplausos del viento
te advertirán que has llegado,
ni el mar que sólo celebra
cuando uno se va,
ni las montañas
ni las ciudades moribundas.
Nada te dirá dónde estás.
Cada momento es un lugar que ignorabas”.

Cada momento es un lugar que ignorabas, Mark strand.

Síntomas

18 muertos en un albergue de montaña. Enviados especiales de todos los informativos en el lugar de los hechos, un polideportivo convertido en necrópolis desde el que estos profesionales se ufanan en responder a las preguntas de sus compañeros en el estudio para tratar de “describir el drama y la tragedia” aunque para ello deban aferrarse al latiguillo: “espectáculo dantesco”, describen, esgrimiendo el diccionario de tópicos; “no podemos ni queremos acercarnos a los familiares para respetar su dolor”, vaya… ¿en qué quedamos? Pero la cuestión fundamental, informativa, rigurosa y de interés general llega cuando desde Madrid se le pregunta a un corresponsal: “¿cómo es la muerte por inhalación de monóxido de carbono? ¿es dolorosa?” Tras la procedente descripción sabemos que uno de los síntomas puede ser la náusea.

Compartimento C, Vagón 293

martes, febrero 08, 2005

Edward Hopper, Compartment C, Car 293 (1938, 76 x 68.5 cm)